ACB
CUANDO UN AFICIONADO GANÓ EL CONCURSO DE MATES DE LA ACB — Y POR QUÉ ESO SOLO PUEDE PASAR EN EL BASKET
EDUARDO SIPI
Corría la temporada 2000-01. La ACB, buscando nuevos alicientes para su All Star, tomó una decisión que en cualquier otro deporte habría parecido una broma: permitir que un aficionado de la calle participara en el concurso de mates, en igualdad de condiciones con los profesionales. El elegido fue Eduardo Sipi, un malagueño que se había impuesto en las eliminatorias populares celebradas por toda España. Y ganó.
No fue un resultado amañado ni una concesión simpática. Ganó porque era mejor que los demás esa noche. El experimento se repitió al año siguiente en Valladolid, y Aarón Cuéllar se impuso de nuevo por sorpresa ante los profesionales.
El dato tiene más de veinticinco años, pero dice algo sobre el baloncesto que sigue siendo verdad: es el único deporte de equipo donde la frontera entre el amateur y el profesional puede cruzarse, aunque sea por una noche, aunque sea en un concurso de mates. El fútbol nunca organizaría algo así. El tenis, tampoco. El baloncesto sí. Y eso no es un accidente: es parte de su ADN.
Para el jugador de liga local que cada semana llega al pabellón con la mochila del trabajo y los pies cansados, saber que un día un tipo como él ganó a los profesionales en su propio terreno es, aunque nadie lo diga en voz alta, una pequeña fuente de orgullo colectivo.
Corría la temporada 2000-01. La ACB, buscando nuevos alicientes para su All Star, tomó una decisión que en cualquier otro deporte habría parecido una broma: permitir que un aficionado de la calle participara en el concurso de mates, en igualdad de condiciones con los profesionales. El elegido fue Eduardo Sipi, un malagueño que se había impuesto en las eliminatorias populares celebradas por toda España. Y ganó.
No fue un resultado amañado ni una concesión simpática. Ganó porque era mejor que los demás esa noche. El experimento se repitió al año siguiente en Valladolid, y Aarón Cuéllar se impuso de nuevo por sorpresa ante los profesionales.
El dato tiene más de veinticinco años, pero dice algo sobre el baloncesto que sigue siendo verdad: es el único deporte de equipo donde la frontera entre el amateur y el profesional puede cruzarse, aunque sea por una noche, aunque sea en un concurso de mates. El fútbol nunca organizaría algo así. El tenis, tampoco. El baloncesto sí. Y eso no es un accidente: es parte de su ADN.
Para el jugador de liga local que cada semana llega al pabellón con la mochila del trabajo y los pies cansados, saber que un día un tipo como él ganó a los profesionales en su propio terreno es, aunque nadie lo diga en voz alta, una pequeña fuente de orgullo colectivo.





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