LA CIUDAD QUE BOTA EN LA PENUMBRA
A veces regreso al pabellón cuando no hay nadie, cuando el aire todavía conserva el olor agrio de las camisetas sudadas y la resina leve que se adhiere al recuerdo. Entro sin encender todas las luces, dejo que la penumbra haga su trabajo de arqueóloga, y camino hasta el centro exacto de la pista como si fuera el ombligo de una ciudad que late bajo madera barnizada. Entonces escucho. Porque la cancha habla. Siempre habla. No con palabras —eso sería demasiado oficial— sino con una vibración antigua, como si cada bote hubiera dejado una sílaba suspendida en el techo.
He aprendido que el baloncesto no vive donde lo certifican. Vive donde lo necesitan.
En este momento álgido del deporte de la canasta —cuando las pantallas multiplican estadísticas y las oficinas discuten reglamentos— hay quienes se quedan en lo oficial lamiéndose las heridas de lo que fue, de lo que ya no convoca como antes. Y, sin embargo, en los márgenes, lejos del foco, algo más grande está ocurriendo. No es una rebelión ruidosa. Es un trabajo silencioso. Gente que gestiona sin uniforme, que organiza sin escudo bordado en el pecho, que inventa calendarios imposibles para que un turno de fábrica y una paternidad reciente no sean excusa para abandonar el juego.
Yo los he visto. He sido uno de ellos.
Hay una especie de fiebre luminosa en las ligas que no piden permiso. En los torneos que nacen con un mensaje reenviado, en los grupos de WhatsApp donde alguien escribe “¿jugamos?” y otro responde con un sí que suena a salvación doméstica. Esas iniciativas fuera del orden establecido no paran. No esperan aprobación. Crecen como las raíces que agrietan el asfalto: invisibles hasta que lo visible se resquebraja.
Y mientras tanto, el mundo se ensancha.
En Grecia, cuna de mármoles y mitologías, el baloncesto veterano se prepara para ocupar el verano de 2026 con una escena que hace apenas dos décadas habría parecido improbable: el FIBA Masters Open 2026, organizado bajo el paraguas de la FIBA, reunirá en la región de Corinto y Loutraki a más de 2.000 participantes y más de 200 equipos, desde categorías +40 hasta +75, con competiciones también en formato 3x3. Hombres y mujeres que superan los sesenta, los setenta incluso, cruzando líneas de fondo con la obstinación de quien sabe que la edad es un dato estadístico, no un veredicto.
Dos mil cuerpos que siguen diciendo “todavía”.
Y no es un caso aislado. En Murcia, el Torneo Internacional MAMBAbasket ha congregado en sus últimas ediciones a más de 900 personas entre jugadores, técnicos y acompañantes, con equipos de hasta quince países distintos compartiendo vestuarios y sobremesas. Allí, el marcador importa, sí, pero importa más la continuidad. El hecho simple y extraordinario de seguir jugando cuando el calendario biológico sugiere otra cosa.
Cuando veo a un jugador +60 ajustar sus rodilleras con la misma concentración que un junior antes de su debut, entiendo que este libro no podía escribirse desde los despachos. Tenía que escribirse desde la madera. Desde el ruido hueco del balón contra el suelo. Desde la respiración agitada de quien no compite por ascender de categoría, sino por no descender de sí mismo.
El deporte oficial tiene su lógica, su jerarquía, su pirámide. Yo no la discuto. Pero en sus márgenes, donde no llega la homologación ni el acta federativa, florece algo más antiguo: la comunidad. Allí donde nadie cobra lo suficiente y, aun así, todos pagan con tiempo; donde un árbitro sin insignia oficial sostiene el partido con la misma dignidad que cualquier colegiado internacional; donde un patrocinador de barrio sustituye la gran marca global con la promesa sencilla de que el equipo no desaparecerá en enero.
He visto a hombres de sesenta y cinco años lanzarse por un balón dividido con una sonrisa que no admite ironías. He visto a mujeres que, después de criar hijos y sostener trabajos invisibles, encuentran en una liga amateur el único espacio que no les pide permiso para ser competitivas. He visto a jóvenes que nunca pisaron una estructura federada sentirse, por fin, parte de algo que no les mide por estadísticas sino por constancia.
En esos gestos está la verdad del momento que vivimos.
Mientras algunos debates se enredan en reglamentos y balances, el baloncesto crece por acumulación de voluntad. Cada torneo independiente, cada liga privada, cada campeonato de veteranos que se organiza con más entusiasmo que presupuesto añade una capa a esta arquitectura sin plano oficial. Y esa arquitectura es hoy inmensa.
No se trata de negar lo oficial. Se trata de no reducir el juego a lo oficial.
Cuando camino solo por la pista, pienso en todos esos nombres que no aparecerán en crónicas nacionales pero que sostienen, sin saberlo, la expansión real del deporte. Pienso en los miles que viajarán a Grecia en 2026 con sus camisetas dobladas en maletas discretas. Pienso en el murmullo previo al salto inicial, en la pelota ascendiendo hacia el aire mediterráneo como si fuera una pregunta antigua.
¿Por qué seguimos jugando?
Porque jugar es recordar que todavía estamos aquí.
Este libro nace de esa certeza. De la intuición de que el baloncesto no se mide únicamente por audiencias ni por contratos, sino por la obstinación de quienes se niegan a abandonar la cancha cuando las luces principales se apagan. Nace de la convicción de que el momento álgido no está en la cumbre visible, sino en la base que no deja de crecer.
Si escuchas con atención —en un pabellón vacío, en una pista abierta, en cualquier rincón donde alguien bota un balón al caer la tarde— oirás lo mismo que yo: un estrépito silencioso. El sonido de un deporte que se rehace cada día fuera del orden establecido, que se multiplica en manos veteranas y jóvenes por igual, que no espera permiso para existir.
Ese sonido es el principio de todo lo que sigue.
A veces regreso al pabellón cuando no hay nadie, cuando el aire todavía conserva el olor agrio de las camisetas sudadas y la resina leve que se adhiere al recuerdo. Entro sin encender todas las luces, dejo que la penumbra haga su trabajo de arqueóloga, y camino hasta el centro exacto de la pista como si fuera el ombligo de una ciudad que late bajo madera barnizada. Entonces escucho. Porque la cancha habla. Siempre habla. No con palabras —eso sería demasiado oficial— sino con una vibración antigua, como si cada bote hubiera dejado una sílaba suspendida en el techo.
He aprendido que el baloncesto no vive donde lo certifican. Vive donde lo necesitan.
En este momento álgido del deporte de la canasta —cuando las pantallas multiplican estadísticas y las oficinas discuten reglamentos— hay quienes se quedan en lo oficial lamiéndose las heridas de lo que fue, de lo que ya no convoca como antes. Y, sin embargo, en los márgenes, lejos del foco, algo más grande está ocurriendo. No es una rebelión ruidosa. Es un trabajo silencioso. Gente que gestiona sin uniforme, que organiza sin escudo bordado en el pecho, que inventa calendarios imposibles para que un turno de fábrica y una paternidad reciente no sean excusa para abandonar el juego.
Yo los he visto. He sido uno de ellos.
Hay una especie de fiebre luminosa en las ligas que no piden permiso. En los torneos que nacen con un mensaje reenviado, en los grupos de WhatsApp donde alguien escribe “¿jugamos?” y otro responde con un sí que suena a salvación doméstica. Esas iniciativas fuera del orden establecido no paran. No esperan aprobación. Crecen como las raíces que agrietan el asfalto: invisibles hasta que lo visible se resquebraja.
Y mientras tanto, el mundo se ensancha.
En Grecia, cuna de mármoles y mitologías, el baloncesto veterano se prepara para ocupar el verano de 2026 con una escena que hace apenas dos décadas habría parecido improbable: el FIBA Masters Open 2026, organizado bajo el paraguas de la FIBA, reunirá en la región de Corinto y Loutraki a más de 2.000 participantes y más de 200 equipos, desde categorías +40 hasta +75, con competiciones también en formato 3x3. Hombres y mujeres que superan los sesenta, los setenta incluso, cruzando líneas de fondo con la obstinación de quien sabe que la edad es un dato estadístico, no un veredicto.
Dos mil cuerpos que siguen diciendo “todavía”.
Y no es un caso aislado. En Murcia, el Torneo Internacional MAMBAbasket ha congregado en sus últimas ediciones a más de 900 personas entre jugadores, técnicos y acompañantes, con equipos de hasta quince países distintos compartiendo vestuarios y sobremesas. Allí, el marcador importa, sí, pero importa más la continuidad. El hecho simple y extraordinario de seguir jugando cuando el calendario biológico sugiere otra cosa.
Cuando veo a un jugador +60 ajustar sus rodilleras con la misma concentración que un junior antes de su debut, entiendo que este libro no podía escribirse desde los despachos. Tenía que escribirse desde la madera. Desde el ruido hueco del balón contra el suelo. Desde la respiración agitada de quien no compite por ascender de categoría, sino por no descender de sí mismo.
El deporte oficial tiene su lógica, su jerarquía, su pirámide. Yo no la discuto. Pero en sus márgenes, donde no llega la homologación ni el acta federativa, florece algo más antiguo: la comunidad. Allí donde nadie cobra lo suficiente y, aun así, todos pagan con tiempo; donde un árbitro sin insignia oficial sostiene el partido con la misma dignidad que cualquier colegiado internacional; donde un patrocinador de barrio sustituye la gran marca global con la promesa sencilla de que el equipo no desaparecerá en enero.
He visto a hombres de sesenta y cinco años lanzarse por un balón dividido con una sonrisa que no admite ironías. He visto a mujeres que, después de criar hijos y sostener trabajos invisibles, encuentran en una liga amateur el único espacio que no les pide permiso para ser competitivas. He visto a jóvenes que nunca pisaron una estructura federada sentirse, por fin, parte de algo que no les mide por estadísticas sino por constancia.
En esos gestos está la verdad del momento que vivimos.
Mientras algunos debates se enredan en reglamentos y balances, el baloncesto crece por acumulación de voluntad. Cada torneo independiente, cada liga privada, cada campeonato de veteranos que se organiza con más entusiasmo que presupuesto añade una capa a esta arquitectura sin plano oficial. Y esa arquitectura es hoy inmensa.
No se trata de negar lo oficial. Se trata de no reducir el juego a lo oficial.
Cuando camino solo por la pista, pienso en todos esos nombres que no aparecerán en crónicas nacionales pero que sostienen, sin saberlo, la expansión real del deporte. Pienso en los miles que viajarán a Grecia en 2026 con sus camisetas dobladas en maletas discretas. Pienso en el murmullo previo al salto inicial, en la pelota ascendiendo hacia el aire mediterráneo como si fuera una pregunta antigua.
¿Por qué seguimos jugando?
Porque jugar es recordar que todavía estamos aquí.
Este libro nace de esa certeza. De la intuición de que el baloncesto no se mide únicamente por audiencias ni por contratos, sino por la obstinación de quienes se niegan a abandonar la cancha cuando las luces principales se apagan. Nace de la convicción de que el momento álgido no está en la cumbre visible, sino en la base que no deja de crecer.
Si escuchas con atención —en un pabellón vacío, en una pista abierta, en cualquier rincón donde alguien bota un balón al caer la tarde— oirás lo mismo que yo: un estrépito silencioso. El sonido de un deporte que se rehace cada día fuera del orden establecido, que se multiplica en manos veteranas y jóvenes por igual, que no espera permiso para existir.
Ese sonido es el principio de todo lo que sigue.















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